martes, 6 de septiembre de 2011

Polvete marinero

Pues aquí vuelvo a estar después de unos días perdida. Que resulta que lo último que había contado es que habíamos decidido adentrarnos en la isla para ver cómo estaba todo y subir al monte Toro porque desde allí se divisa todo muy bien.
Bueno, pues al pasar por Mahón nos encontramos con el grupo de Blanca dedicado a quemar zombis y a todos los que parecían haber matado los zombis para que no se zombificasen y nos volvieran a atacar. Pero aquello olía tan mal que José María y yo, cuando todos llevábamos un rato allí echando zombis a la hoguera, nos apartamos a descansar.
Total, que estamos allí descansando y esperamos hasta que se disipó el humo de la hoguera. Pero entonces resulta que miramos y no vemos a nadie y puede ser que nos distrajésemos mientras José María andaba diciéndome bonitos ojos tienes o que, como he leído en el blog de Blanca, como les atacaron otros zombis aunque yo creía que los habíamos liquidado el sábado 27 de agosto, se metieran por otro lado y decidieran después volver a protegerse los de Blanca en la Mola y los de nuestro grupo en el castillo de San Felipe y el fuerte Malborough.
El caso es que no nos enteramos y pensamos que se habrían ido hacia el monte Toro como habíamos decidido. Allí que nos fuimos paseando, unos 13 kilómetros por paisajes muy bonitos llenos de vacas pastando, que paramos en una casa de campo y nos dieron para merendar queso y sobrasada. Bueno, pues llegamos arriba de todo del monte y los nuestros no estaban. Pero por el lado del norte se veía muy bonito el mar y un pueblo, que se llama Fornells, en una bahía. Y va José María y dice:
-Allí hacen muy buena la langosta. Vamos, nos comemos una y luego robamos un yate y volvemos a Mahón porque los nuestros deben de estar allí.
Decidimos ir y, de langosta, nada, porque el pueblo era la desolación total con tantos muertos por las calles que decidimos dejarlos allí en vez de quemarlos porque habríamos estado más de una semana. José María que se pone en el puerto a ir saltando de un yate a otro hasta que encuentra uno a motor con suficiente gasoil y me dice que suba. Subo, salimos del puerto y de la bahía a mar abierto y vamos hacia Mahón bordeando la costa, que también era un paisaje muy bonito con faros y acantilados. En esto que me pongo en biquini tumbada ahí a tomar el sol y veo que José María me mira desde el timón. Lo veo luego enredando con unos aparatitos y me dice:
-¿He puesto el piloto automático hasta Mahón?, ¿a que no sabes por qué?
Y como una no es de piedra... Pero le digo que no, un no de esos que clarísimamente significan que sí, sobre todo para dar envidia a Blanca y a Rebeca. José María que se da cuenta de que estoy loquica por sus huesos, me coge en brazos, me baja al camarote, se quita los pantalones, me arranca el biquini a lo bruto, se me tira encima y nos ponemos a darle. Pero se conoce que él ya está muy mayor, porque después de media docena de viajes noto que se le hace pequeñita y que se cansa. Paramos para descansar cinco minutos y le digo:
-Tú déjame y verás.
Lo tumbé, me puse de rodillas encima de él con las piernas abiertas frente a su cara y le dejé que me fuera pasando la lengua para motivarse. Luego me apeé, le pasé un poquito la lengua, le di un par de mordisquitos y, claro, lo puse en forma. Cuando ya lo tenía bien sólido, me monté de rodillas y nos pusimos ya en serio. Tan en serio como que al cabo de cinco minutos me pongo a dar voces y a saltar como una posesa. Hasta que noto que se pone a dar sacudidas dentro de mí y aún me pongo más loca con unos berridos que se oirían desde tierra adentro y unos saltos que...
Porque esa fue nuestra desgracia y mira que se lo había avisado. Estamos ahí en pleno éxtasis y oímos un golpe en el costado del barco. Que resulta que cuando me dijo que había puesto el piloto automático, como yo ya no pensaba con el cerebro sino con la flor, no me acordé de decirle, como había hecho al salir de puerto Sherry, que el gps no funcionaba y, entonces, el piloto automático tampoco. Nos vestimos a toda prisa, salimos a cubierta y resulta que el yate había embarrancado entre las rocas y estábamos frente a una pequeña cala en el lado opuesto de la isla del que habíamos salido y nos habíamos pasado Mahón de largo.. Bueno, pues tres días nos tiramos allí, que, con el calor que hacía se nos acabó el agua. Porque al final, Blanca y su grupo, con sus poderes especiales, nos encontraron y, cuando vi a Blanca subir al yate, me eché llorando a sus brazos.
Y ahora a ver qué historia les contamos para disimular sobre todo frente a María Teresa, la mujer de José María; seguramente que nos han raptado los monstruos o algo así que suene a creíble. Pero el polvete, que fue riquísimo, no me lo quita nadie. Y en un yate, que a ver si Blanca o Rebeca pueden decir lo mismo.

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